
Leia fue esa gata que se instalaba en nuestro regazo apenas nos sentábamos, ronroneando como un motor que nunca se apagaba, y que nos enseñó que la felicidad podía caber en los momentos más simples de cada día. Vos sabías exactamente cuándo necesitábamos tu compañía sin que nadie te lo dijera, y esos diez años juntos fueron llenos de madrugadas en las que dormías sobre nuestras almohadas y mañanas donde nos esperabas con ese maullido particular que solo vos tenías. En esta casa quedó un silencio que duele, ese espacio vacío donde solías dormir y la costumbre de buscarte en cada rincón, porque una vida contigo no se olvida, se extraña.
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