
Leia fue nuestra gata de siete años que nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: acurrucarse en la falda mientras veíamos televisión, ronronear al atardecer y exigir mimos con ese maullido inconfundible que solo ella tenía. Su manera de saltar a la ventana cada mañana para observar el mundo exterior, como si fuera la directora de una película privada, nos sacaba sonrisas incluso en los días más grises. Dejó un vacío en nuestro hogar que se nota en esos lugares donde solía dormir, en las horas donde esperábamos escuchar su voz, en la costumbre diaria de buscarla sin pensar.
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