
Leia llegó a nuestras vidas en 2012 y durante siete años fue esa presencia que nos esperaba en la puerta cada vez que volvíamos a casa, moviendo la cola como si fuera la primera vez que nos veía. Te acordabas de cada rincón de la casa y tenías tus lugares especiales, ese sofá donde te acostabas por las tardes y ese patio donde corrías como si persiguieras los recuerdos más felices. Cuando te fuiste en 2019 dejaste un silencio que todavía duele, porque los hábitos de quererte seguían ahí: la puerta que esperaba escucharte, las croquetas que nadie iba a comer, esa forma tuya de ser hogar que no se reemplaza.
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