
Leia llegó a nuestras vidas en 2018 y durante once años fue la razón por la que apurábamos a volver a casa, esa que te recibía en la puerta con todo el cuerpo meneándose de alegría sin importar si habíamos estado cinco minutos o cinco horas afuera. Te acostumbrabas a sus manías hermosas: la forma en que se tiraba al piso cuando querías jugar, cómo seguía cada uno de nuestros movimientos por la casa como si fueras lo más importante del universo, y esos momentos en el sofá donde se acurrucaba en nuestro regazo como si quisiera recordarnos que existía. La casa quedó silenciosa el día que te fuiste en 2029, y nos dimos cuenta de que habías dejado una ausencia que ningún otro ruido podría llenar, porque los años que compartimos no fueron solo tiempo, sino la mejor versión de lo que significa ser amado sin condiciones.
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