
Lola tenía esa costumbre de esperarnos en la ventana cada tarde, ronroneando antes de que siquiera abriéramos la puerta, como si supiera exactamente a qué hora llegábamos a casa. Se pasaba las mañanas acurrucada en la cama entre nosotros, y cuando nos levantábamos para ir al trabajo se quedaba mirando con esos ojos que parecían decirnos que no nos fuéramos, pero luego nos perdonaba con un maullido suave. En 2024 dejó un silencio muy grande en las noches, en esos momentos donde esperábamos sentir su peso en nuestro regazo, y nos dimos cuenta de cuánto del ritmo diario de la casa dependía de su presencia pequeña y constante.
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