
Lola fue esa presencia tranquila que se instalaba en nuestras vidas cada mañana, esperándonos en la cocina con sus maullidos bajitos mientras preparábamos el desayuno, y así pasaron quince años de rituales compartidos que ahora extrañamos en cada rincón de la casa. Tenía la costumbre de seguirnos de cuarto en cuarto sin hacer ruido, como si quisiera estar cerca pero sin molestar, y en las tardes se acurrucaba en el regazo de quien estuviera leyendo o viendo televisión, ronroneando con ese sonido que se convirtió en la banda sonora de nuestras tardes. Se fue dejando un vacío que no se llena porque no se trataba solo de tenerla ahí, sino de toda esa manera suya de estar en el mundo, tranquila y fiel, que nos enseñó que el amor no siempre necesita gritos sino presencia constante.
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