
Lola llegó a nuestras vidas en 2008 y durante seis años fue la que nos despertaba cada mañana con sus saltos en la cama, insistiendo en que el día merecía empezar con ella en el medio de todo. Tenía esa costumbre de seguirnos por toda la casa, entraba a la cocina cada vez que abríamos la heladera y se acostaba en nuestros pies cuando nos sentábamos a ver televisión, como si necesitara recordarnos que estaba ahí. Cuando se fue en 2014 dejó un silencio raro en las habitaciones, esa falta de movimiento que notas en los rincones donde solía estar, y todavía hoy nos acordamos de ella cuando alguien abre la heladera sin pensar.
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