
Lola era esa clase de perro que se acordaba de cada uno de nuestros estados de ánimo y volvía a buscarte cuando notaba que algo no andaba bien, con esa paciencia que solo ella tenía para quedarse ahí, sin hacer ruido, hasta que te sentías mejor. Los años que compartimos fueron llenos de esas costumbres que ahora extrañamos: sus paseos al atardecer donde paraba a olfatear cada rincón del barrio como si fuera la primera vez, y esos momentos en el sofá donde se acurrucaba con la cabeza en tu regazo mientras vos veías tele sin pensar en nada más. Se fue dejando un silencio en la casa que ningún otro ruido logra llenar, porque Lola no era solo una presencia física sino esa forma suya de estar que hacía que todo fuera mejor, más simple, más verdadero.
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