
Lucero fue ese ave que te saludaba cada mañana con sus cantos inconfundibles, y que aprendió a imitar nuestras risas hasta hacernos reír sin razón, como si compartiera nuestras alegrías desde la rama donde pasaba las tardes. En estos ocho años nos enseñó que la libertad también cabe en una casa, porque aunque tuviera alas, elegía quedarse con nosotros, picoteando frutas en nuestras manos y durmiendo en el mismo rincón cada noche como si fuera su hogar sagrado. Dejó un silencio diferente en la casa, ese que solo notan quienes despertaban esperando escuchar su voz, y ahora cada tanto creemos que lo oímos en algún canto de pájaro que pasa por la ventana.
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