
Lucero llegó a nuestras vidas en 2016 y durante catorce años fue ese ser que te esperaba en la puerta cada vez que volvías a casa, ronroneando como si hubieras estado fuera toda una eternidad aunque solo fueran minutos. Tenía esa costumbre de dormirse en los lugares más raros, como adentro de las macetas o en el estante más alto de la biblioteca, y siempre nos hacía reír cuando lo encontrábamos acurrucado en los rincones más inesperados de la casa. Se fue en 2030 dejando un silencio que todavía duele, esos espacios vacíos donde solía estar ahora nos recuerdan cada día cuánto calor le falta a este hogar sin su presencia.
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