
Lucero fue esa presencia que nos despertaba cada mañana con su entusiasmo desbordante, siempre listo para acompañarnos en cada rincón de la casa y recordarnos que la alegría estaba en las cosas más simples. Te amábamos ver disfrutando de esos momentos en el patio, persiguiendo la luz del atardecer como si fuera un juego inventado solo para vos, con esa manera tan tuya de hacer que los días grises se iluminaran. Los siete años que compartimos dejaron un vacío que no se llena, porque no era solo un perro en nuestra familia: eras la razón por la que llegábamos a casa sonriendo y el abrazo silencioso que necesitábamos en los momentos difíciles.
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