
Lulu fue ese gato que se instalaba en nuestro regazo cada vez que nos sentábamos, ronroneando como un motor que nunca se cansaba de funcionar, y que exigía ser parte de cada momento importante de la casa. Durante quince años nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: una ventana donde mirar pasar el día, nuestras manos acariciando su cabeza, y esos instantes donde se quedaba dormido en nuestro pecho como si fuera el lugar más seguro del mundo. Ahora la casa tiene silencios que antes no existían, y ese rincón donde dormía está vacío de una manera que duele, porque dejaste un hueco que ningún otro animal podría ocupar.
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