
Lulu fue nueve años de alegrías simples: esas mañanas en las que nos esperaba en la puerta con la cola que no paraba, los paseos donde se detenía a oler cada rincón como si descubriera el mundo de nuevo, y esas tardes acostada en nuestro regazo mientras veíamos televisión sin necesidad de hablar. Su manera de pedir permiso antes de subirse a la cama, esos ojitos que nos pedían un pedacito de lo que comíamos, y cómo lograba hacerse un ovillo perfecto en el espacio más chiquito de la casa nos enseñaron que la felicidad vivía en las cosas que nadie aprecia. Dejaste un silencio raro en la casa, Lulu, ese lugar donde vos eras el corazón que latía en cada rincón, y ahora nos toca aprender a vivir extrañando tus hábitos, tu respuesta a nuestras voces y la certeza de que alguien
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