
Luna fue la reina silenciosa de nuestra casa durante diez años, esa que nos esperaba en la ventana cada tarde y que dormía acurrucada en el mismo rincón del sofá como si fuera un ritual sagrado que nunca podía faltar. Con vos aprendimos que la felicidad podía estar en las cosas más simples: en un rayo de sol de invierno, en los mimos en la mejilla y en esos ronroneos que llenaban la casa de una paz que ahora extrañamos cada día. Te llevás con vos la costumbre de ronronear cuando nos viste llegar, los saltos imposibles desde lugares altísimos y ese amor sin exigencias que solo vos sabías dar, dejando un vacío enorme en cada rincón donde estuviste.
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