
Luna fue la que nos enseñó a levantarnos con alegría cada mañana durante once años, con ese modo peculiar que tenía de apoyar su cabeza en nuestras rodillas cuando nos veía tristes, como si supiera exactamente lo que necesitábamos sin que le dijéramos nada. Te acordás de cómo insistía en acompañarnos a cada rincón de la casa, desde la cocina hasta el patio, nunca queriendo quedarse sola, y de esas tardes en que se acostaba entre nosotros en el sofá con un suspiro profundo que parecía decir que ese era su lugar exacto en el mundo. Los silencios de ahora son distintos, y en cada espacio donde Luna solía estar dejó una ausencia que duele, pero que también nos recuerda todo lo que nos dio en esos años de patitas, ternura y compañía sin condiciones.
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