
Luna fue esa presencia constante que nos esperaba en la puerta cada vez que volvíamos, con ese entusiasmo inagotable que nos recordaba que alguien se alegraba genuinamente de vernos llegar a casa. Vos tenías esa costumbre de acostarte en los pies de quien estuviera triste, como si supieras exactamente cuándo necesitábamos tu compañía silenciosa y ese calor que solo vos podías dar. En estos años sin vos, descubrimos que el silencio de la casa es distinto, que las caminatas por el barrio nos traen tus recuerdos, y que dejaste un vacío que ningún otro momento logra llenar del todo.
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