
Luna fue la que nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples, como esperar a que llegáramos a casa con esa ansiedad pura en los ojos o perseguir las sombras en el patio sin cansarse nunca de jugar. Tenía ese don especial de saber cuándo alguien estaba triste en la casa y se acercaba sin pedir nada, solo para quedarse ahí al lado, con su cabeza apoyada en nuestras piernas, como diciendo que entendía todo lo que no podíamos decir. Se fue después de diez años de llenar cada rincón con su presencia, y ahora la extrañamos en esos momentos donde instintivamente miramos el lugar donde dormía, esperando verla ahí esperándonos como siempre lo hacía.
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