
Manchas fue un gato que te seguía por toda la casa como si fuera tu sombra, y se acostaba en el lugar exacto donde vos estabas, aunque fuera incómodo para él, porque lo que le importaba era estar cerca. Tenía la costumbre de despertarnos a las seis de la mañana con sus ronroneos y sus cabezazos en la cara, y aunque a veces nos molestaba, ahora extrañamos ese reloj biológico que nos marcaba el ritmo de la casa. En estos ocho años que compartimos, Manchas se llevó consigo esa forma única que tenía de mirar, ese silencio cómplice en los momentos difíciles, y dejó un vacío en la cocina que ningún otro gato podría llenar.
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