
Manchas fue ese gato que se acostaba en el regazo de la abuela mientras ella miraba televisión, ronroneando como un motor pequeño que nunca se apagaba hasta que alguien se movía. Te acuerdas de cómo esperaba en la ventana cada vez que alguien se iba de casa, y cómo saltaba a recibirnos apenas oías la puerta, como si hubiéramos estado perdidos años en lugar de horas. La casa quedó demasiado silenciosa después de que te fuiste, y esos lugares donde vos dormías, donde comías, donde jugabas con el ovillo de lana, se convirtieron en espacios que todos evitábamos mirar.
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