
Manchas sos aquel que aprendió a abrir las puertas de la casa con un golpe de cabeza y que cada mañana nos despertaba ronroneando en la almohada, exigiendo que le contemos cómo estuvo la noche. Durante esos seis años fuiste el alma de nuestras tardes, el que se acostaba en el medio de la mesa cuando trabajábamos desde casa y nos obligaba a detenernos para acariciarte sin culpa. Te llevás con vos los lugares que ocupaste entre nosotros: ese rincón al lado de la ventana donde mirabas pasar los pájaros, la cocina a las cinco de la tarde cuando nos escuchabas llegar, y ese espacio en el pecho donde latía tu corazón contra el nuestro.
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