
Manchas tenía esa costumbre hermosa de esperarnos en la puerta cada vez que llegábamos, saltando de alegría como si fuera la primera vez que nos veía, y eso nunca se cansó de hacerlo en todos estos años que estuvo con nosotros. Te acordás cómo se tiraba al piso cuando le hablábamos en ese tonito especial, moviendo la cola sin parar mientras nos lamía las manos como queriendo decirnos algo que no alcanzaba a expresar con palabras. Dejaste un silencio en la casa que todavía duele, en esos lugares donde solías estar echado esperándonos, en las caminatas que ya no son iguales, en la ausencia de ese ruido de tus patas en el piso que era nuestra música de todos los días.
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