
Manchas fue ese perro que nos esperaba cada tarde en la puerta con la cola moviéndose antes de que termináramos de abrir, y que insistía en dormir en la cama con sus patas apoyadas en nuestros pies como si necesitara estar seguro de que seguíamos ahí. Tenía esa costumbre linda de traernos sus juguetes cuando estábamos tristes, sin entender bien qué pasaba pero sabiendo que algo no andaba del todo bien, y se quedaba cerca nuestro hasta que volvíamos a sonreír. En estos siete años nos enseñó que el amor no necesita palabras, y ahora que se fue dejó un silencio en la casa que no sabemos cómo llenar, porque no hay un rincón donde no esté su ausencia.
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