
Manchas llegó a nuestra casa en 2017 y durante diez años fue el primero en recibirnos en la puerta cada tarde, saltando de alegría como si nos hubiéramos ido por años, aunque solo fuera al almacén de la esquina. Tenía esa costumbre de meterse debajo de la mesa durante las comidas y apoyar la cabeza en nuestros pies, como si quisiera estar siempre cerca, y cuando alguien se enfermaba se instalaba en la cama sin que nadie lo pidiera, quejándose bajito si nos movíamos demasiado. Nos dejó en 2027 un silencio raro en la casa, esos espacios vacíos donde solía dormir y esa manera de ser feliz sin pedir nada, que ahora extrañamos cada día como se extraña algo que era pura y simple verdad.
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