
Manchas fue ese perro que se despertaba cada mañana con la energía de quien tenía planes urgentes, saltando de la cama para asegurarse de que toda la familia estuviera junta y lista para el día que empezaba. Vos eras experto en conseguir que nos riéramos en los momentos más inesperados, ya sea persiguiendo tu propia cola en las tardes de lluvia o asomándote a la ventana para vigilar cada movimiento del barrio como si fueras el guardián más serio que existe. Los ocho años que compartimos con vos dejaron un silencio particular en la casa, ese que sólo entienden quienes esperan escuchar tus pasos en el piso y tu jadeo feliz cada vez que alguien llega a la puerta.
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