
Manchita fue esa presencia tranquila que nos recibía cada tarde en el sillón donde el sol entraba de costado, ronroneando como si supiera exactamente qué necesitábamos en ese momento. Durante siete años nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: perseguir un hilo de lana, dormir en nuestro regazo durante las películas de los domingos, y dejarse acariciar la cabeza con esa paciencia infinita que solo ella tenía. Se nos fue dejando un silencio extraño en la casa, esa clase de vacío que notamos cada vez que bajamos la escalera esperando verla ahí, y nos damos cuenta de que ya no va a estar.
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