
Manchita tenía ese don de llegar justo cuando más lo necesitábamos, apoyando su cabeza en nuestras rodillas como si entendiera cada preocupación que llevábamos adentro. Los amaneceres en el patio no fueron los mismos después que dejó de perseguir mariposas con esa curiosidad infinita que la caracterizaba, saltando entre las macetas sin importarle nada más que el juego. En 2019 se fue, pero dejó en cada rincón de la casa esa alegría sin pretensiones que solo ella sabía repartir, ese silbido mudo que hacía cuando nos veía llegar del trabajo.
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