
Mango fue quien nos enseñó que la felicidad estaba en los detalles más simples, como ronronear en el regazo mientras veíamos atardecer o seguirnos de habitación en habitación para asegurarse de que no nos perdiéramos. Durante quince años, vos fuiste el testigo silencioso de nuestras alegrías y tristezas, siempre presente en la cocina a la hora de comer, esperando con esa paciencia infinita que solo vos tenías. Te llevás un pedazo del corazón de cada uno de nosotros, esa forma tuya de mirar que decía más que mil palabras y ese calor que dejaste en cada rincón de la casa que ahora duele estar sin vos.
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