
Mango fue de esos gatos que se instalaba en tu regazo a las cinco de la tarde como si tuviera un reloj interno, ronroneando mientras vos mirabas televisión y haciéndote sentir que eras lo más importante del mundo. Durante dieciséis años llenó nuestra casa de esa tranquilidad particular que solo él sabía dar, con sus paseos lentos por los pasillos y esa costumbre de dormir siesta en el mismo rincón de la cocina donde el sol pegaba justo a las dos de la tarde. Nos dejó un silencio diferente en la casa, ese vacío en el lugar donde solía esperarnos cada vez que abríamos la puerta, y la certeza de que tuvimos el privilegio de amar a alguien tan genuinamente presente como él lo fue.
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