
Max era ese conejo que te recibía cada mañana saltando alrededor de los pies y que se ponía a ronronear cuando le acariciabas las orejas con la suavidad justa que él exigía. Nos enseñaste a desacelerar con tu ritmo tranquilo, con esos momentos en que te acostabas en el patio a tomar sol y nos obligabas a sentarnos a tu lado a no hacer nada más que estar. Te fuiste en 2022 y dejaste un silencio raro en la casa, ese lugar donde ya no hay saltos ni esa forma particular que tenías de pedirme verduras moviendo la nariz.
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