
Max fue nuestro despertador de madrugadas, ese gato que se trepaba a la cama para ronronear en la oreja y exigía que le abriéramos la ventana apenas los primeros rayos de sol tocaban el patio. Durante diez años llenó nuestra casa de esos pequeños rituales que solo él tenía, como esperar siempre en la misma baldosa de la cocina a que alguien llegara, o acostarse en el hueco de las piernas cuando alguno de nosotros estaba triste. Nos dejó un silencio que no sabemos cómo llenar, ese vacío en los lugares donde solía estar, y la certeza de que los días ya no van a tener el mismo ritmo sin su presencia ronroneando en el medio.
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