
Max fue nuestro pequeño filósofo del hogar, ese que se pasaba las tardes observando por la ventana como si guardara los secretos del mundo, y que cada noche nos recibía con su peculiar manera de ronronear mientras se frotaba contra nuestras piernas. Vos eras el que nos enseñaba que la felicidad estaba en las cosas simples, en un rayo de sol en el piso, en perseguir una mota de polvo como si fuera el tesoro más valioso, y en esos momentos en que te acostabas sobre nuestro pecho sin pedirte permiso a nadie. En estos días sin vos se siente raro el silencio de la casa, porque dejaste un hueco que no es del tamaño de tu cuerpo sino del lugar que ocupaste en nuestro corazón durante esos nueve años hermosos que compartimos juntos.
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