
Max fue nuestro despertador de cada mañana durante doce años, ese perro que saltaba a la cama con una energía que nos recordaba que había un mundo entero esperándonos afuera, y que insistía en acompañarnos a cada rincón de la casa como si fuera su responsabilidad cuidarnos a nosotros. Te acordás de cómo se tiraba en el piso cuando le pedíamos que se portara bien, o cómo descubrió que acostarse sobre nuestros pies mientras veíamos tele era el mejor invento del mundo, esos detalles tontos que se vuelven los recuerdos más grandes cuando alguien que amás ya no está. La casa cambió cuando Max se fue, y no es lo mismo entrar sin escuchar esas uñas corriendo en el piso o sin sentir ese peso tibio apoyado en nuestras piernas pidiendo silenciosamente lo que siempre pidió: estar cerca de quienes lo querían.
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