
Maya llegó a nuestras vidas en 2017 y durante doce años fue la que marcaba el ritmo de cada mañana, saltando a la cama para despertar a quien se atrasaba, ronroneando mientras nos miraba comer y eligiendo siempre el lugar más incómodo de la casa para echarse, justo donde vos querías estar. Tenía esa manera única de pedir perdón después de un berrinche, frotándose contra nuestras piernas con una intensidad que parecía una disculpa genuina, y nos enseñó que la mejor compañía a veces no necesita palabras sino sólo presencia silenciosa en los momentos difíciles. Ahora el silencio de la casa duele diferente, esos espacios donde ella solía esperar nuestro regreso quedaron vacíos, y descubrimos que doce años son a la vez una eternidad compartida y apenas un suspiro.
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