
Maya fue nuestra sombra durante catorce años, esa que nos seguía de habitación en habitación y se acostaba exactamente donde podía vernos, como si tuviera miedo de perderse algo importante de nuestro día. Vos eras la que nos recibía con ese entusiasmo sin igual cada vez que abríamos la puerta, saltando y girando como si fuera la primera vez que nos veías, incluso cuando habíamos salido solo diez minutos. Dejaste un silencio raro en la casa, ese que notamos cuando no está el sonido de tus uñas en el piso o cuando miramos la puerta esperando verte llegar, y eso nos duele más que cualquier otra cosa.
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