
Maya tenía esa forma especial de esperarnos en la puerta cada vez que llegábamos, moviendo toda su cola como si fuera la primera vez que nos veía en el mundo. Le encantaba perseguir las sombras en el patio durante las tardes y dormir con la cabeza apoyada en nuestras piernas mientras veíamos televisión, como si supiera exactamente cuándo necesitábamos su compañía. Desde que se fue en 2018, la casa quedó más silenciosa y extrañamos esos pequeños detalles que antes dábamos por sentado, como escuchar sus pasos en el pasillo o sentir su respiración cerca nuestro.
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