
Maya fue la que nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples, como perseguir su propia cola en el patio o acurrucarse en el sillón viejo los días de lluvia esperando que alguien le hiciera cosquillas en las orejas. Durante esos ocho años nos sorprendía constantemente con su forma de saludar a cada miembro de la familia de manera diferente, como si supiera exactamente qué necesitaba cada uno cuando volvíamos a casa. El silencio que dejó en la puerta de la cocina, donde siempre se plantaba esperando migajas, nos recordó cada día que los años más hermosos de nuestra vida fueron los que compartimos con ella.
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