
Maya fue parte de nuestros días durante diez años con esa costumbre de esperarnos en la puerta cada tarde, moviendo la cola como si acabáramos de regresar del fin del mundo después de apenas una hora. Con ella aprendimos que la felicidad podía ser tan simple como un paseo por la cuadra, un trapo viejo para jugar o acostarse en el rincón donde entraba el sol de la mañana mientras nosotros desayunábamos. Ahora que no está, nos damos cuenta de que dejó un silencio diferente en la casa, ese que solo dejan los seres que fueron presentes todos los días, sin pedir nada más que estar juntos.
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