
Maya llegó a nuestras vidas en 2012 y durante cinco años nos despertó cada mañana con ese ritual de saltar a la cama y lamernos la cara, como si fuera la primera vez que nos veía después de una eternidad. Vos tenías ese don de saber exactamente cuándo uno estaba triste y te acercabas en silencio a apoyar tu cabeza en nuestras piernas, sin pedir nada, solo acompañando con esa presencia que nadie te enseñó pero que sabías dar de manera perfecta. Desde que te fuiste en 2017 la casa sigue siendo la misma pero el sonido de tus uñas en el piso, ese jadeo familiar cuando llegábamos del trabajo y la forma en que ocupabas el espacio que era tuyo dejaron un vacío que ningunas otras patas van a llenar jamás.
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