
Maya fue durante diez años la presencia constante en nuestro hogar, esa que nos saludaba cada mañana con sus movimientos inquietos en el agua y que nos enseñó a ralentizar el ritmo de los días solo observándola. Vos tenías tus costumbres bien marcadas: el rincón donde preferías estar, los momentos en que esperabas tu comida como si fuera lo más importante del mundo, y esa manera tuya de reconocer nuestras voces cuando alguien se acercaba al acuario. Dejaste un silencio particular en esa esquina de la casa donde viviste, un espacio que ahora sos vos, los recuerdos de tenerte cerca y esa lección callada sobre lo frágil y lo hermoso que es convivir con otro ser vivo.
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