
Mia fue esa gata que se despertaba con vos cada mañana, ronroneando en la almohada y exigiendo que le abrieras la ventana para ver a los pájaros mientras vos tomabas el café. Durante once años fue la testiga silenciosa de nuestras vidas, curándose en la falda cuando algo andaba mal, y con su forma tan particular de empujar la cabeza contra tu mano nos enseñó que el amor no necesita palabras. La casa quedó rara sin sus costumbres, sin el sonido de sus pasos nocturnos y sin su manera de recibirse en la puerta como si fuera la primera vez que nos veía, y eso es lo que más duele de los días que siguen.
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