
Mia llegó a nuestras vidas en 2005 con esa forma especial de saltar cada vez que abríamos la puerta, como si cada regreso fuera el primero, y durante ocho años fue ella quien nos enseñó que la alegría verdadera vive en los detalles más simples. Sos la que nos esperaba en la ventana con la cabeza ladeada mientras preparábamos su comida, la que insistía en dormir con la pata tocando la nuestra y la que nunca dejó de creer que cada salida al patio era una aventura nueva. El silencio de tu lugar en la casa nos recuerda cada día que vos no dejaste solo un hueco, sino una ausencia llena de todos esos gestos tuyos que aprendimos a amar sin pensar.
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