
Mia fue esa presencia constante que nos recibía cada tarde con el mismo entusiasmo, como si fuera la primera vez que nos veía, y que se acurrucaba en la cocina mientras cocinábamos, esperando migajas de pan que nunca llegaban porque ya sabía dónde estaban guardadas. Tenía el hábito de dormir en los lugares más incómodos de la casa, especialmente en el medio de la escalera cuando alguien andaba apurado, y nos enseñó sin proponérselo que la vida se trata de estar donde están los que querés, aunque sea en el piso más frío. Su ausencia dejó un silencio en las mañanas, ese momento donde antes había un empujoncito suave pidiéndote que te levantaras, y ahora solo queda la certeza de que ocho años con Mia son menos de lo que uno quisiera, pero más de lo que muchos tienen la suerte de vivir.
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