
Milonga llegó a nuestra casa en 2013 y durante seis años nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples, como dormir en nuestro regazo mientras veíamos televisión o perseguir los rayos de sol que entraban por la ventana de la sala. Tenía ese don de estar justo donde más lo necesitábamos, ronroneando en el momento exacto en que alguien llegaba triste del día, y su costumbre de merodear la cocina a la hora de la comida nos hacía sonreír cada vez que pretendía no tener hambre cuando todos sabíamos que sí. Se fue en 2019 dejando un silencio diferente en los rincones de la casa, esos lugares donde solía acurrucarse, y aunque ya no esté físicamente, sus maullidos cómplices y su forma de recibir nuestras caricias siguen siendo parte de quiénes somos.
Mariano Campos
6 de mayo de 2026
Qué difícil es perder a un compañero así. Un abrazo enorme.
Adrián Mendoza
28 de abril de 2026
Los que tuvimos la suerte de conocerlo lo vamos a recordar siempre.
Julieta Ibáñez
14 de agosto de 2025
Qué hermosa historia. Qué suerte la de esa familia.
Silvana Silva
24 de julio de 2025
Que descanse en paz. Fue muy querido.
Carolina Aguilar
5 de junio de 2025
Te mando fuerza. Sé lo que es.
Javier Cabrera
2 de abril de 2025
No sé qué decir, solo que estoy acá y los abrazo.
Liliana Ruiz
11 de febrero de 2025
Cuánto amor en tan poco tiempo. Gracias por compartirlo.
Ignacio Miranda
25 de enero de 2025
Desde el primer momento se nota cuánto lo quisieron.