
Milonga fue esa presencia constante que nos enseñó a entender el lenguaje de los ronroneos, siempre acechando desde la ventana del living y saltando a nuestro regazo justo cuando más lo necesitábamos. Tenía la costumbre de seguirnos por toda la casa como si fuera parte de la familia, durmiendo en el mismo cuarto que los chicos y despertándonos con sus madrugadas traviesas que hoy extrañamos con el alma. Desde que te fuiste en 2018 después de trece años juntos, la casa quedó más silenciosa y aprendimos que hay espacios que no se pueden llenar, solo recordar con ese cariño que vos nos diste cada día.
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