
Milonga fue esa presencia constante que nos esperaba en la puerta cada atardecer, con ese particular modo de mover la cola que parecía traducir exactamente lo que sentía en cada momento del día. Durante doce años compartimos sus rituales: las siestas en el rincón soleado de la cocina, sus paseos donde olía cada árbol como si guardaran secretos que solo ella podía descifrar, y esas noches cuando se acurrucaba entre nosotros sin pedir nada más que estar cerca. El silencio de la casa sin su respiración, sin sus movimientos familiares, sin esa forma que tenía de hacernos saber que estaba bien solo porque estábamos juntos, nos dejó un vacío que el tiempo transforma pero nunca completa del todo.
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