
Mochi fue esa presencia tranquila que se instalaba en nuestras vidas cada mañana, esperando pacientemente en la cocina mientras preparábamos el desayuno, como si fuera parte de nuestro ritual más sagrado durante esos doce años. Vos tenías esa costumbre de ronronear en el regazo justo cuando más lo necesitábamos, como si supieras exactamente cuándo alguien en la casa estaba triste o cansado, y esa sabiduría tuya sin palabras fue sanando nuestras peores noches. El silencio que dejaste en los rincones de la casa, en esa ventana donde te asoleabas y en la puerta de nuestras habitaciones donde esperabas que dijéramos buenas noches, es un vacío que ningún tiempo va a poder llenar del todo.
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