
Mochi fue dieciséis años de madrugadas esperando que alguien bajara a la cocina para acompañarlo, de esas formas que tenía de pedir permiso con la mirada antes de subirse al sofá, y de cómo se quedaba dormido apoyado en nuestras piernas como si fuera el lugar más seguro del mundo. Vos eras el que nos recibía en la puerta con ese entusiasmo que nunca se te pasó, el que se ofrecía a cuidar a los chicos sin que nadie te lo pidiera, y el que encontraba la manera de estar presente en cada momento importante de la familia, aunque fuera solo estando ahí. Lo que más duele es ese silencio en la casa, la ausencia de tus pasos en el pasillo, esa costumbre de buscarte en los lugares donde siempre estabas, y saber que no volveremos a verte llegar corriendo cuando alguien abre la puerta.
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