
Mora fue esa presencia silenciosa que se instalaba en nuestro regazo justo cuando más lo necesitábamos, como si tuviera el don de saber qué sentíamos antes que nosotros mismos. Pasó nueve años persiguiendo rayos de sol por toda la casa, durmiendo en lugares imposibles y despertándonos a las tres de la mañana con sus juegos repentinos que nos hacían reír sin poder evitarlo. Dejó en cada rincón del hogar una quietud diferente, esa clase de vacío que no se llena porque se trataba de alguien que simplemente formaba parte de cómo respirábamos todos los días.
Sé el primero en dejar un mensaje