
Mora fue esa presencia silenciosa que se instalaba en nuestros regazos justo cuando más la necesitábamos, con ese ronroneo que parecía sanar cualquier mal día de la semana. Durante ocho años nos enseñó que los rituales cotidianos son lo que hace una casa de verdad, desde esperar junto a la puerta cada vez que alguien llegaba hasta esa costumbre de recorrer cada rincón como si inspeccionara que todo estuviera en su lugar. El silencio en esos lugares donde ella dormía, donde jugaba, donde simplemente existía con esa tranquilidad que solo ella tenía, es lo que nos recordó cuán profundo fue el espacio que ocupó en nuestras vidas.
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