
Mora llegó a nuestras vidas en 2016 y durante trece años fue la excusa perfecta para levantarnos cada mañana, con ese ritual sagrado de caminar juntos por las mismas calles que se convirtieron en territorio nuestro, donde vos conocías cada rincón y cada vecino te saludaba por tu nombre. Tenías esa costumbre de acostarte en el piso de la cocina mientras cocinábamos, sin pedir nada, solo presente, y en las tardes de lluvia insistías en meterte debajo de las mantas con nosotros como si fueras la garantía de que todo estaría bien. Te fuiste en 2029 dejando un silencio extraño en la casa, ese que notamos en la puerta que no se abre al escuchar un ruido, en la baldosa donde dormías que ahora parece más grande, y en los paseos que hacemos solos preguntándonos qué hubiera pensado vos de cada cosa que ves.
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